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Y ésta es la ensañanza que hemos recibido tantas y tantas generaciones de jóvenes de un franciscano irreductible que no se ha resignado a ser un actor más en esta oscura trama de intereses. Un franciscano que no se ha sometido a la costumbre acomodaticia de los hábitos ni al yugo institucional de las normas. Un franciscano que, renunciando a los virtuales privilegios de su condición religiosa, se ha comprometido con vigor indomable a la causa necesaria y justa de aquellos seres humanos que comenzábamos y siguen iniciándose en la larga travesía del desierto que casi siempre es la vida.
Si otros me enseñaron a rezar cuando lo que necesitaba era una mano para no sucumbir, él fue mi mano. De entre todas las lecciones que aprendí alguna vez, sólo sigue iluminando mi espíritu la que él me enseñó sin violencia aunque suponga la más acendrada violencia para seguir avanzando y sosteniéndome: la lección de la fidelidad insobornable hacia nosotros, hacia los nuestros, hacia todo el mundo, que nos permite seguir mirándonos en el espejo sin avergonzarnos de lo que hemos vivido.

Manuel Gahete


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